Vengo de una familia de músicos. Empezando por mi padre: contrabajista, compositor de música venezolana y tropical. Mi madre, que estuvo en el coro del Ministerio de Educación, además de tíos músicos del lado de la parentela Aponte. 

Empecé mi camino en la música desde muy temprana edad. Cuando El Sistema abrió sede en Propatria entré junto a mis hermanos. Mi hermano entró con el violoncello y el contrabajo que también lo toca espectacular. Yo quería tocar el clarinete, pero en ese núcleo no habían. Me quedé en el coro, esperando que llegara el clarinete. Pasaron tres años y el clarinete no llegó. Lo que abundaba eran violines, así que tomé el violín. Por el talento dado por Dios, sin esforzarme mucho, lo que mis compañeros habían hecho en tres años, yo lo hice en uno. Al año me presenté a concertino de la Orquesta Sinfónica Infantil del núcleo, y quedé.

De pequeño, con mis hermanos, agarrábamos potes y cuñetes de pintura vacíos, como si fueran tambores. Había una manguera con una boquilla de metal, y yo no sé cómo carrizo le sacaba notas musicales a esa manguera. Sacándoles sonidos, parecía un corno francés, por estar toda enrollada... 

Tocar el violín cambió mi perspectiva de vida totalmente. Me dije: este instrumento es genial, y me enamoré. La experiencia alrededor de la música me ha dejado principios y valores. De estar haciendo las cosas por ahí echando broma, a hacer las cosas con disciplina. Me centró en la responsabilidad y compromiso tanto con mi familia como con la orquesta. 

Conté con la bendición de tener profesores espectaculares en el núcleo. Iban mucho más allá de la parte profesional, se involucraban personalmente contigo: “¿cómo estás, cómo te sientes?”. “¿Qué podemos hacer para que sigas estando y participando?”.

Mi padre se separa de mi mamá cuando yo tenía cuatro años. Mi mamá asumió ser padre y madre, y mi hermano mayor tuvo que tomar las riendas del hogar. Fue una gota amarga, aunque nunca hubo un desligamiento total de mi padre, nos veíamos y compartíamos, siempre con la música de la mano. 

No me encasillé solo en el violín, pude aprender varios instrumentos. Ahora llevando un núcleo de El Sistema, si no llega un profesor, por ejemplo de mandolina, yo doy la clase; si no llega el de trompeta, también la puedo dar. Hasta de canto, aunque no afino muy bien. Como director del núcleo veo más allá y estoy ahí para los alumnos, en lo humano; inclusive tenemos alumnos que viven en refugios. Yo estoy pendiente de si no tienen para el pasaje, o de si los puedo ayudar de alguna manera. Todas las experiencias que he tenido dando clases no las cambiaría por nada. Porque siento que es colaborar con la sociedad dando perspectivas a los chamos. Niños que veían su vida como perdida, han encontrado en la música un camino. Ser parte de esas nuevas oportunidades que se les abren me llena de satisfacción. Tuve un alumno desde los seis años, ahora está en España en una orquesta en Madrid. Muchos niños con tanto potencial, da tristeza cuando te dicen que se quieren ir. Hay niños virtuosos. Tenemos talento de sobra para dar la cara por el país, dentro o fuera de nuestras fronteras. 

Pienso que viene una recompensa para los que decidimos quedarnos. Creemos en lo que estamos haciendo. Desde que entré en la Orquesta Gran Mariscal, he podido tocar un repertorio muy variado de música, interpretarla en otros países alcanzando espacios de renombre y referentes en la música del mundo. La experiencia de tocar ópera en Milán, o en la Filarmónica de Berlín en Alemania; me enamoro de ver cuán lejos ha llegado El Sistema. Antes tuve la oportunidad de tocar en diferentes orquestas: la Simón Bolívar, la Juvenil, la Miranda, y desde hace diez años toco en la Gran Mariscal. Disfruto y me siento muy orgulloso de ella. Tocamos todo tipo de música: ópera, zarzuela o popular. Siento que puedo aportar con la sonoridad del violín que es tan especial. De hecho, es el violín el que toco en la iglesia donde me congrego. Ese talento dado por Dios se lo devuelvo en adoración. Mi mayor logro fue haber creído en el Señor. Musicalmente, ser un profesional estable, listo para tocar lo que me puedan poner. Da una inmensa satisfacción el poder asumir retos con el instrumento y saber que lo puedes lograr. Estoy en una etapa en la que el violín me ha acompañado en tantas experiencias, que lo siento mi compañero en mis transformaciones. 

Otro hito muy importante que cambió mi vida fue el conocer a mi esposa Caroline. Ella también pertenece a la iglesia donde me congrego. Junto a ella emprendí el camino de ser papá. Ha sido una experiencia maravillosa; mi esposa es pianista y cantante. La niña  te escucha cantando o tocando y te imita. Coloca las manos en la postura perfecta frente al piano, y apenas tiene dos añitos. Le decimos: “¡Espérate a llegar a los cuatro!”. Si ella y Dios deciden tener otro talento distinto a la música, bienvenido sea. Pero tiene la semilla musical. Cuando se levanta te canta el himno nacional; el cumpleaños feliz se lo canta ella misma. Lo hace de forma natural y es una alegría para nosotros escucharla cantando.  

Uno lleva las notas en la cabeza. El talento viene del mismo lugar. En la orquesta siempre se toca con una partitura, en la iglesia yo toco por inspiración, desde el aliento de Dios directo a mi corazón. 

Escritura:
Mariana Maneiro
Fotografía:
Julio Suárez
Lugar:
El Conde, Caracas
Fecha:
24.5.2018
Tocar el violín cambió mi perspectiva de vida totalmente.
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