#61 Jesús Alberto León 2017-05-08T10:44:06+00:00

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La palabra seduce, basta decir lo adecuado a una chica para que tú la veas fulgurar un poco.

Bueno, en principio, no me gusta que me digan señor, ¡por favor! Empezando porque eso es una mentira. Lograr obtener un señorío es bastante difícil. Los títulos uno los obtiene porque estudia o trabaja, pero el señorío es algo más complejo.

Mi esposa y yo somos aragüeños. Yo nací en La Victoria y curiosamente ella también se llama Aragua, así que a los dos nos une algo especial con nuestro terruño. Mis padres eran mantuanos, tú sabes, esa gente que había en Venezuela y tenía tradiciones y vínculos con la tierra.

Me vine a estudiar una parte del bachillerato acá. Ustedes no tienen edad para saber lo que eran los liceos de Caracas: el Andrés Bello, el Fermín Toro, el Liceo Aplicación, que eran algo así como la cúspide del saber. Los profesores no sólo eran graduados en el pedagógico sino también en la universidad. Yo tuve dos profesoras siempre en mi mente, ellas eran biólogas como soy yo hoy en día y me enseñaron bastante, eran estupendas.

También estuve en la televisión, en un programa de concurso millonario de los años ochenta conducido por Doris Wells. Era con jurados en vivo, yo era uno de los jurados, los otros eran Adriano González León y Elías Pino Iturrieta. Todavía hay gente que recuerda el tipo de pregunta que yo hacía: “¿Por qué no pueden existir avispas gigantes como salen en los viajes de Gulliver? Explique las razones biológicas de eso”. Esos programas no tienen nada que ver con los programas de preguntas y respuestas de ahora, donde se busca la respuesta en enciclopedias y es una sola persona quien dirige y además hace las preguntas que son de memoria, todas. Nosotros hacíamos, más bien, preguntas interpretativas.

La literatura siempre estuvo muy presente en mí. Yo crecí leyendo a Herman Hesse y Cortázar. Desde mis doce o trece años leía mucho y escribía relatos, poemas cursis, ¡horribles!, como todo el que empieza. Pero desde ahí venía latiendo en mí esa inquietud. En el liceo estudiaba literatura española, latinoamericana y venezolana. Las profesoras nos hacían leer mucho.

Mis recuerdos siempre van hacia la casa materna con mis tías que, aunque ellas me mimaban y me querían mucho, había un filo ahí de decepción. Yo creo que es porque yo no me parecía al ideal masculino para ellas. Por ejemplo, los rasgos españoles del cantante mexicano Jorge Negrete o de Carlos Fuentes. En medio de eso crecí, sintiéndome querido por ellas, mis tías, pero a la vez como feíto, como el patito feo.

Toda mi vida fui el mejor del curso, en el liceo, la universidad, siempre. Entonces me dije: “bueno, mi fuerte es la inteligencia”. Pero la primera vez que me di cuenta de que le llamaba la atención a las chicas, que había algunas a las que les gustaba mi tipo físico y mi modo de ser, me dije: “¡coye, como que no soy tan feo!”

Tuve una gran amiga, empate, novia, alumna: Any. A ella le debo el noventa por ciento de lo que sé de las mujeres. A ella le conté de mi desconfianza, de sentirme feo desde temprana edad. Que ¿quién sabe?, a lo mejor ese miedo es una ayuda, ¿verdad? Porque a lo mejor si tú eres guapo y para colmos lo sientes y te lo crees, las mujeres entonces dirán: “¡¿bueno, pero qué se cree este bicho?!” A lo mejor te rechazan. En cambio, una cierta incertidumbre, inseguridad, acompañada de otra seguridad, la de personalidad, de saber lo que eres, que te das cuenta de las cosas que te gustan y de las que no, nunca buscándolo, tal vez así, generas otra cosa.

La palabra seduce, basta decir lo adecuado a una chica para que tú la veas fulgurar un poco. O al contrario, decir lo imprudente para verla apagarse. La palabra nunca es propiedad de nadie, pero creo que sé entenderme con ella.

Hago ecología evolutiva teórica. Mediante modelos teóricos matemáticos estudio cómo se conforman los sistemas ecológicos y cómo llegan a ser lo que son, ese es mi lado Dr. Jekyll. Pero también soy amante de las letras. Hago poesía y he ganado varios premios por eso. Ahí es cuando soy Mr. Hyde. Sin embargo, creo que tanto el arte como la ciencia tienen un mismo origen.

Yo escribí un ensayo para una revista, que titulé: “Un mismo manantial. Sobre las raíces comunes del arte y la ciencia”. En ella argumento que ambas actividades tienen en común que uno busca entender y hurgar en el mundo como en ti mismo. Lo diferente es la manera o el lenguaje de expresarlo, y eso lo haces a través de la imaginación porque la mayor parte de la existencia o de la vida no es expresable con los sentidos.

Yo respeto mucho la interlocución, por eso no le preguntaría cualquier cosa a cualquier persona. Prefiero ver a los ojos a la gente cuando hablo, y si son esquivos en la mirada, eso me genera desconfianza.

Últimamente, le pregunto a mis alumnos: ¿Servirá de algo las cosas que he hecho hasta ahora? ¿Esas cosas le podrán servir a alguien?

 Alexandra Cona

 Arnaldo Utrera

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